Abismal necesidad de llorar contenida, durante años ocultar la tristeza. Hasta un día de tormenta traicionera. Entonces, perecer ahogado en dolor y encontrar la muerte en un río de lágrimas.
Los pensamientos galopan desbocados, el cuerpo, laxo, se entrega al cansancio de tanto camino. La compleja sencillez de resolver si sigo, o acabo. Lo dejo librado al azar. Ella baila mi destino por los aires, las dos contrarias caras en las que estará la respuesta, y cae. Cierro los ojos.
No fuiste el único, Borges, que cometió el peor de los pecados.
Después de innumerables intentos fallidos de que me fuese infiel con alguno de los tantos hombres que le serví en bandeja, sólo atiné, como último recurso, a presentarle a mi jefa, Esmeralda. Mi esposa y mi jefa copulan felices, mientras yo, finalmente puedo cumplir con mi obsesiva fantasía: Ser socio de ese bar exclusivo para borrachos con penas de amor, donde es condición sine qua non ingresar con la foto rota de la amada entre los dientes y el corazón atado a una cuerdecita, arrastrándose mientras lame toda la inmundicia del mundo.